CD 2 CD 1

EL SALITRE

Dicen que amainó la tormenta;
trataremos de dormir.
En nuestros pies, yodo y vendas
recuerdan el camino.
Y tú quieres saber si al despertar,
calaos hasta los huesos,
algo habrá podido cambiar,
y yo no quiero mentir.

Llegando aquí, ¿qué más nos puede pasar?
Podemos ir y preguntarle a la mar
para que nos responda con rugidos,
para que nos diga la verdad.

Y dime, si ha salido el sol y no es para los dos,
entonces ¿para quién?
O si hoy no aúlla el viento por los dos,
entonces ¿por quién?
¿Cómo puedo quererte bien
si yo soy mi propio enemigo?
Y ¿cómo recomenzar
cuando hay tanto ayer aquí, en mí?

Y ahora di, ¿qué más nos puede pasar?
Podemos ir y preguntarle a la mar
para que nos responda con rugidos,

para que nos diga la verdad.

Y te podrán decir que en el amor
siempre hay un vencido,
y que en el amor
siempre hay un vencedor.
Pero óyeme, yo estuve allí
y sé que no hay más que supervivientes.
Deja que hablen, que yo prefiero oír
las cosas de la mar.

Llegando aquí, ¿qué más nos puede pasar?
Podemos ir y preguntarle a la mar.
Y ahora di, ¿qué más nos puede pasar?
Podemos ir y preguntarle a la mar
para que nos responda con rugidos
y nos diga la verdad
y sobretodo
para poder avanzar
bajo el mismo sol ardiente
con los juicios que aún nos quedan por perder,
con el salitre adherido a nuestra piel,
como Jonás en las entrañas del gran pez,
con algas y con piedras,
con toda el agua que tragamos al nadar,
con las mentiras sobre las que tuve la osadía de jurar.
Yo jugué a ser malo y di de bruces con el mal.
Jugué a ser malo y di de bruces con el mal.
Que me perdone el capitán Ahab,
que me perdone.

Dicen que amainó la tormenta.

MARK SPITZ

Anochezco y vuelvo a descansar
en una nube gris
fumando sobre plata
el terror que da vivir.

Y todo me parece bien
en esta habitación.
Por hoy me dejaré de oír:
-Ay de lo que en mí llamo yo-.

Saboreo la humedad
que se pudre en las paredes
y pido asilo en medio de la humanidad.
Pero no, no lo pido por favor
sino por piedad.

El cielo rompió en lágrimas.

Se acomodó el terror.
Sobrevino una negrura tal
como si muriera el sol.

Los hombres sabios buscan ya
algún rayo de luz.
Dicen que están ocultos
al lado de la Santa Cruz.

Saboreo la humedad
que se pudre en las paredes
y pido auxilio a toda la mediocridad.
Pero no, no os lo pido por favor,
no, nunca por favor
sino por piedad.

Quise ahogar mis penas
pero ellas nadaban en alcohol
como Mark Spitz.
Hoy la luna llena
ha decidido escupirle al sol
y yo no saco en claro más
que un trozo de canción.

Anochezco y vuelvo a descansar
sobre una nube azul y gris.
Me fumo, plata a plata,
la jodienda de vivir.

GANG-BANG

Hay cerca del Damm
cuatro putas que bailan un vals
detrás del cristal,
y se puede sentir
el sudor fuerte desde Berlín.
Tú allí, en soledad,
una lluvia muy fina golpea tu cara,
resbala en tu piel y a la vez
se ilumina un cartel ofreciéndote
Libertad y Sordidez,
todo a un precio que un hombre moderno
ha de ser capaz de pagar
una vez que la noche echa a andar.
¿No lo ves? Tu carne es más pálida.
¿No lo ves? Tu alma es más gris.
Si no pierdes al fin la razón
verás que no hay más que una solución:
¡Cas...tra...ción!

Y todas las cosas que hice mal
se vuelven hoy a conjurar contra mí.
¿Cómo habré llegado a esto...
No lo sé,
...tan lúcido y siniestro?
pero sé que no lo sé.

Y un hombre de traje me invita a pasar...
¡Gang-bang!

Ves desde tu hotel
aguas quietas igual que papel de plata
y el viento arrastra el olor
de la pérfida enana marrón.
Mira que tú fuiste el rey,
con tu cetro en la mano
y los ojos clavados en gente
que sabes que no llegarás a conocer
ni aunque vivas mil años
y el cielo se postre a tus pies,
pero su mirada no se despega de tu pantalón.
Y echas a andar por la ciudad
y atraviesas un nuevo canal.
Huyes del rojo y azul del neón,
vas en busca de algo que huela distinto al amor.

Y si viviera una vez más,
¿me volvería a equivocar otra vez?
Sí, no te quepa duda,
hasta la locura
y hasta el dolor.

Y un hombre de traje me invita a pasar...
¡Gang-bang!

STANISLAVSKY

Me descubro como actor,
bríndenme una ovación.
Lo haga bien o lo haga mal,
prometo hacerlo de verdad.
Hoy me encendí al anochecer;
tendré que limitarme a arder
hasta apagarme
y después dolerá pensarme así
y no habrá ni una alma aquí.

Pido excusas ante vos
por mi esperma y por mi voz,
y saco brillo a las máscaras
tras las que soy capaz de hablaros,
y buscaré en el interior
algo parecido a un dios,
y seré como un rey
que se olvida de reinar
y aun así sigue siendo rey.

La, la, la...

Viviré y moriré mil veces bajo estas luces
como un ser en rebelión que contiene multitudes.
Busco el dolor en mí y no a mí en el dolor
y empiezo preguntándome cómo, cuándo, dónde y por qué
siento aquí
una herida que es mayor (La M)
pero que se ha de volver menor (Re m).

La, la, la...

Lo haga bien o lo haga mal,
ahórrense la ovación.
He prometido la verdad
y me descubro como actor.
Y trato de atisbar el mal,
mi alma espera una señal
que llega a la noche
y se clava agujas de coser
hasta el fondo una, y otra, y otra vez.

La, la, la...

LA SED

Bajo por el malecón.
Mi garganta está ajada
y se revuelve la obsesión fatal
que mueve mis huesos.
Saco mi bota de curtida piel
y bebo un fuerte licor
pensando que así
voy a calmar la sed.

Vuelvo a despertarme aquí.
Procuro olvidar
y voy descendiendo más y más.
Llego hasta esta playa
y una mujer de ojos verdes
me ofrece agua del mar.
(Y bebí.
Pensaba yo que así
iba a calmar la sed.)

Lejos del hogar,
¿quién se atreverá a hablar
mientras yo me canso de esperar
la copa que jamás me es servida?
Ya no puedo volver.

MONOMANÍA

Necesito estar en movimiento
ahora que te vuelvo a ver lejos de mí.
Pero no queda ya ningún bar abierto
y los amigos, todos se han ido a dormir.

Y así comienzo a novelar
la historia de lo que será
cuando las cosas vayan a peor.
Y yo me veo casi igual que ahora
que no tengo nada
salvo la certeza del dolor.

O me sorprenderé gritando un día:
-Puedes seguir con tu vida
que yo con la mía, si me dejan, seguiré.-

Bien, todo sucedió según lo planeado
y ya luzco en mi antebrazo una purpúrea cicatriz,
y aún persiste en mí el deseo insano.
Nadie llega tan lejos si no es para seguir.

Pero si por casualidad
oigo que estás en la ciudad
y alguien nos presenta alguna vez,
entonces no daré a entender lo que es cierto:
yo aún te quiero
y nunca te he dejado de querer.

O me sorprenderé gritando un día:
-Puedes seguir con tu vida
que yo con la mía, si me dejan, seguiré.-

O me sorprenderé gritando un día:
-¡Ya valió la tontería!-
Y con mi vida, si usted me deja, seguiré.

ETCÉTERA

Es casi mediodía y el terror se instala.
Michel Houellebecq

Canto esto para un cielo
hecho todo de metal
hoy que el suelo abre a mis pies
grietas anchas como el mar.
Os querré por la belleza
oculta en vuestro interior.
Os querré por la salud que adivina
cierta piel gris;
cierto aliento agrio;
ya es de día y
se ha instalado aquí el terror.

Nadie a quien amar
es
nadie a quien dañar,
etcétera.
Morirme de sed
mas por una vez
nadie muere a mi lado.

Y me pregunto en días como hoy
cuántos son y dónde están,
y me admira lo capaz que soy
de aguantar ad nauseam.
Y contemplo en el espejo
las escamas de mi piel,
y rezo para salir de este pellejo,
y rezo para huir
muy lejos de aquí,
muy lejos de mí,

piel que torna gris.
¿Qué dirán de mí
si me ven así?
Podría llorar
pero me voy a reír.

Nadie a quien amar,
nadie a quien dañar,
etcétera.
Moriré de sed
mas por una vez
nadie morirá a mi lado.

MALDICIÓN

Ezequiel, fue un gran error tan sólo regresar. Era pronto y a la gente le cuesta olvidar. Ezequiel respira hondo al descender del tren. Es extraño, nadie está esperando en el andén. Una breve intuición: algo huele a maldición. Pero se dirige a la casa en la que se crió.
Y habla con su madre: -Soy yo, madre, ¿no lo ves?- Madre dice: -Olvida que algún día te engendré-. Y habla con su padre: -Padre, ¿qué ocurre aquí?- Padre no contesta; se limita a maldecir. Ezequiel se acerca al bar; alguien le sabrá explicar. Pero todos callan, todo el mundo calla al verlo entrar.

Dicen que hizo algo y nunca nadie lo olvidó,
pero él no consigue recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición
con los años y los años.
Ezequiel, mejor te vas de noche y sin molestar.

Ezequiel se oculta junto a las vías del tren. Necesita una respuesta para no enloquecer. ¿Qué ocurrió un verano negro en su ciudad natal, que la gente ni siquiera se atreve a mencionar? Al alba se va a lavar a un estanque del lugar, y es en su reflejo donde encuentra toda la verdad.
Ezequiel contempla el agua con un rictus de horror. En su rostro encuentra el rostro de la maldición. Llega al fondo de sus ojos, donde ya no hay luz. Puede ver su alma y continúa más al fondo aún. Toma conciencia del mal y su grito suena igual que el de un hombre roto que descubre dentro al animal.

Dicen que hizo algo, algo que nadie olvidó,
pero él no consigue recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición
con los años y los años.
Ezequiel, mejor te vas de noche y sin molestar.

Ezequiel comienza a huir, nadie lo va a extrañar. Huye en dirección al norte, le guía el olor a sal. El Cantábrico se muestra en todo su esplendor. Se desnuda y lentamente avanza en dirección al sol. Y decide descansar bajo el manto gris del mar. Las olas lo mecen y duerme eternamente como un viejo zar.

Dicen que hizo algo y nunca nadie lo olvidó,
pero él no lograba recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición.
Y ahora espera el Juicio
por los siglos de los siglos.
Ezequiel, descansa en paz en el fondo del mar.

HISTORIA DE UN PERDEDOR

Un buen día me vi decidido a partir. Dije: -Padre, ya no voy a volver.- Él se abotonó la camisa y me dio una cruz y un trozo de papel. Yo salí, con sus risas detrás, y se puso a llover. Y corrí, y llegué a la ciudad, y entré en el primer burdel. Allí conocí a una mala mujer con peluca y un ojo de cristal. -Si me quieres tener me tendrás que pagar-, me espetó sin dejar de mascar. Yo dudé: -Sólo tengo esta cruz.- Ella dijo: -Eso bastará.- Y ya no sé si lo soñé o me guiñó el ojo de cristal.

Esta es mi historia, señor.
Yo sé que a usted no le interesa.
Pero esta es mi historia, señor.
Me dejó tirado en la acera
y la gente me llamaba perdedor.

Me sacudí el pantalón. Me quería emborrachar, así que entré en un oscuro local. Con el barman trabé una breve amistad. Lo llamaban el Loco Tomás. Y bebí, bebí güisqui irlandés hasta casi desfallecer. Y yo, que creía saber algo más, pagué con el trozo de papel. Y cuando el Loco Tomás lo leyó cambió de color. Chilló: -Nadie se burla de mí. No un mamón como tú, no en mi propio hogar. Los maricas no gustan aquí.- Eran tres, el Loco y otros dos; yo salí malparado. Me arrancaron el pantalón y después me empalaron.

Esta es mi historia, señor.
Yo sé que a usted no le interesa.
Pero esta es mi historia, señor.
Me dejaron desnudo en la cuneta
y en el pecho me tatuaron -PERDEDOR-.

No se apure, señor; ya he llegado al final. Lo que quiera hacer, se lo haré. Pero sepa que ya no soy ese infeliz de la historia que acaba de oír. Míreme, si me quiere tener me tendrá que pagar. Pero no, no una cruz o un trozo de papel, sino algo real.

Porque esta es mi historia, señor.
Yo sé que a usted no le interesa.
Pero esta es mi historia, señor.
Esa gente me desprecia ahí afuera,
y murmuran: _Por ahí va el perdedor._

La, la, la, la...
No me escupa a la cara, señor.

LA CANCIÓN DE LA DUERMEVELA

Para Ramón Lluis Bande

Paso les hores muertes
mirando´l fumo.
La lluna, ella, sorríe
y yo me consumo.
Y ye la canción de la duermevela,
y ye la canción que na mio alma suena.

Cuando diba dormir
llegó la Muerte.
Acarició mio cuerpo
y leyó mio mente.
Y ye la canción de la duermevela,
y ye la canción que na mio alma suena.

Ella faló despacio,
díxome -fíu-.
Yo-y respondí -mios padres
son el olvidu
y la canción de la duermevela,
y la canción que na mio alma suena-.

Sabe dulce esta nueche
que nun termina.
Sabe dulce ente´l fumo
de la heroína.
Y ye la canción de la duermevela,
y ye la canción que na mio alma suena.

Una cosa na vida
ten por segura:
al final sólo hai soledá
y amargura.
Y ye la canción de la duermevela,
y ye la canción que na mio alma suena.

Y anque agora otra vuelta
se fae de día,
na mio mente pervive
la melodía
de la canción de la duermevela,
de la canción que na mio alma suena.

© Limbo Starr