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NOCHES ÁRTICAS

Para José Ramón Vélez

Hoy de nuevo
cerraremos los ojos
deseando con devoción
una nueva noche ártica
y del negro más puro
-no como el de la oscuridad
sino como el del ébano-.
Así nuestros pulmones
se anegan en un sueño
que envenena y que sana.
Sueños de noches árticas
que envenenan y que sanan.
(Cierra los ojos. Escucha en la oscuridad
cómo resuenan las cajas de música.
Inténtalas parar.)

N. V. POR LA PAZ MUNDIAL

Ya estalló el conflicto
y no preguntarán:
¿Estáis listos?
¿Listos para marchar?

Oíd saludos desde el Cielo,
saludos desde el Fin.
Hoy Bambino
y el viejo Konstantino
beben y hacen el amor
(y nosotros aquí).

No hay guerra mundial,
no hay droga capaz
de acabar con esta obsesión.
Nos veremos en la gloria
y quizás allí descubramos la canción
que nos traiga la paz.

Se libra otra batalla
y el tedio es mortal.
A este día
seguirá otro igual.

Y tú, de pie en la puerta,
me preguntaste así:
-¿Adónde vamos?-
-Más al fondo-, respondí.
(Y obviamente luego me hundí
más y más.)

No hay guerra mundial
ni arma química capaz
de matar algo tan intenso.
Cantaremos con las víctimas
un blues que suene de aquí a la eternidad
y nos traiga la luz.

Otra noche más
creyéndome el capitán Ahab...

No, no hay guerra mundial,
no hay droga capaz
de matar todo este dolor.
Nos veremos en la gloria
y quizás allí descubramos la canción
que nos traiga la paz.

TODOS ELLOS

Esto fue lo que ella me dijo una vez:
-¿Cómo puede llegar a matar alguien normal?-
Pero últimamente, cuando toma una copa de más, me amenaza de muerte, y yo sé que es capaz.
Y ahora que ya se ha ido
lo está susurrando mi voz:
No es tan largo el camino
ni tan lento el dolor.

Y fui a pedirle consejo al viejo fakir.
Dije: -Muéstrame el sitio donde debo dormir-.
Él me daba la espalda para hablar
y en sus llagas, de pronto, encontré la verdad.
Y me dijo: -En la guerra, saber ser un buen perdedor
es más importante que la paz y que el amor-.

Y pregúntale al hombre
del quiosco que mira al mar.
Pregúntale a la mujer
que jura ser Lady Di.
Pregunta a cualquiera,
que todos ellos te dirán:
-Cuando hayas acabado
no habrás hecho más que empezar-.

Y amor mío, en la guerra,
saber ser un buen perdedor
es más importante
que la paz y que el amor.
Mucho más importante
que la paz o el amor.
Y recuerda, amor mío,
bajo el sol
no es tan largo el camino
ni tan lento el dolor.
Tan largo el camino,
tan lento el dolor.

EL MUNDO EN CALMA

Sí, digamos de mí
que al menos estoy en mi insano juicio.
Sentado aquí, perdido en mi vida.
Sentado aquí y aún huyéndome.

Sí, querrás convenir
en que esto no puede ser llamado vida.
Me muevo de la cama a la cocina
y en el camino me vuelvo a perder.

Pude no hacerlo bien,
pude hacerlo peor,
pero aún golpea mis sienes
tu mensaje en el contestador
preguntando por qué no estaba yo
donde tenía que estar,
qué era aquello tan bueno
que me hizo olvidarme de ti.
¿Era en verdad aquello algo tan bueno?
¿Era en verdad aquello algo mejor?

Hoy procura dormir
y te prometo que yo
llegaré hasta allí
con los primeros rayos del sol
y no te despertaré,
querré contemplar tu sueño profundo
y así comprobar que por una vez
está en calma el mundo.
Y por una vez que encuentre al mundo en calma.
Por una vez que encuentre al mundo en calma.

SÓLO VIENTO

Y me adentré en una ardiente oscuridad.
Y al avanzar, había tanta gente que no pude ver nada más.

Y ahora alcanzo a comprender
la tristeza de saber que hay más estrellas en el firmamento
y verlas pasar,
pasar como el viento.
Como el viento...

Pero qué bien le sienta a la novia su vestido beige.
Si se debe creer una princesa en él.

Como si fuera un error
siempre encuentro a mi alrededor
cosas que amenazan al final del día
con volver,
volver como el viento.
Como el viento...

Y dicen que el buen Miguel es ahora feliz en su nueva familia. Yo preguntaré: -Feliz, ¿con respecto a qué?- Sé que puedo encontrar paz y armonía, pero no será en esta vida. No en esta vida.

Reescribiendo mi papel
oí la voz de una mujer diciéndome:
-No puedes seguir siempre siendo
sólo viento-.
Ser sólo viento,
sólo viento...

EN EL JARDÍN DE LA DUERMEVELA

Esta noche vuelvo a percibir su olor,
hoy el cielo oscurece para mí
y allí crece perfecta.
La puedes ver brillar
a la luz de las estrellas
en su jardín,
el jardín de la duermevela.
Es el jardín donde el alma sueña.

Ella se convierte en una obsesión,
cada nervio se estremece en erección
al sentir su dulce aliento en mi garganta
y su cálida voz susurrar muy dentro de mí:
-Ven, fóllame,
ven a mí, soy la duermevela.
Ven al jardín donde el alma sueña.-

¿No lo veis? Me ofrece su bendición
y su amor de muerte.
¿No comprendéis que yo ya no soy yo
cuando ella entra en mi sangre y me pone a morir?
Buscadme allí,
en el jardín de la duermevela.

El hombre gordo nos contaba
cómo él salió de la miseria,
pero un mal día lo encontraron
electrocutado en su bañera de oro y marfil.
Unos creen en la guerra,
otros en el paraíso.
Yo, por mi parte, sólo creo en ella.
Buscadme allí,
en el jardín de la duermevela,
en el jardín de la flor perfecta.

¿No lo veis? Me ofrece su bendición
y su amor de muerte.
¿No comprendéis que yo ya no soy yo
cuando ella entra en mi sangre y me pone a morir?
Buscadme allí,
en el jardín de la duermevela.

En el jardin de la duermevela
(en el jardín donde el alma sueña),
en el jardín de la flor perfecta
(en el jardín donde el cuerpo enferma),
en el jardín de la duermevela.

TU NUEVO HUMIDIFICADOR

Bastará con programarme
y yo obedeceré.
Bastará una orden tuya;
juro que funcionaré.

Soy como tu lavaplatos
y ahora haré lo que me pidas.

Podrás hacer que pare
y que vuelva a comenzar.
Podrás darme patadas,
me podrás desenchufar.

Soy como tu ordenador
y ahora haré lo que me pidas.
Igual que tu nuevo humidificador,
sólo haré lo que me pidas.

Pero el día en que el último de ellos
se te vaya a vivir
al País de los Trastos Viejos
y te abandone aquí,
yo sí, yo seguiré sirviéndote
lo que me quede de vida.
Lo que me quede de vida.

LA PLAZA DE LA SOLEDÁ

Al llegar al puerto subes por el barrio pescador. Dejas a tu izquierda aguas sucias bajo el sol. Y sobre tu cabeza chillan, dando vueltas, gaviotas que te guiarán. Sólo avanza un poco más, y quizás me oigas cantar:

¿Quién me habrá robado el sol
que hoy no siento su calor
y las ropas que cubrían mi piel
han tornado desnudez?

Si es que escuchas esto, estás próximo a la plaza de La Soledá.

Verás a un anciano que te hará alguna indicación. No le hagas caso; ello supondría un grave error. Y sobre tu cabeza siguen dando vueltas gaviotas que te guiarán. Atraviesa el callejón. ¿Es que no oyes mi voz?

¿Quién me habrá robado el sol
que hoy no siento su calor
y las ropas que cubrían mi piel
han tornado desnudez?

Cuando escuches esto, habrás llegado a la plaza de La Soledá.

Visite la plaza de La Soledá en el barrio de Cimavilla (Xixón)
y tómese luego una copa en el bar La Plaza.


POR CULPA DE LA HUMEDAD

Cuando el juez le preguntó
por qué tuvo que matar,
Mona, seria, respondió:
-Fue el calor y la humedad.-

Me contaron que esperó
a la siesta de las tres.
En una mano un cenicero;
en un puño el corazón.
Como una fruta madura su cráneo se hundió.

Sentada en el salón
con el cuerpo a sus pies
pensaba en que ella fue una vez
joven, guapa y feliz.
-Hubo un tiempo en el que yo
habría muerto por amor.
Hubo un tiempo en el que habría muerto por amor.-

Mona, calla, haz el favor.
Mona, me haces enfermar.
Ramona, ven aquí
que te voy a reventar.
Y si no hay nadie a quien culpar, culpemos a la humedad.

Lo enterró en el jardín
a la sombra de un nogal,
justo donde suelen ir
sus dos gatos a orinar.
-Esta vida iba a ser otra y algo salió mal.-

-Si hubo un tiempo en el que yo
habría muerto por amor.
Hubo un tiempo en el que habría muerto por amor.-

Nadie quiso saber más.
Me juraron que así fue.
Se quedó mirando afuera
esperando el anochecer.
Y corrió a ocupar la luna el lugar del sol.

EN LA SED MORTAL


Llevo ya una copa de más, aquí en La Sed Mortal, cuando entra Dodó. Y yo no me muevo de aquí, y aun así habré de llegar a la conclusión de que no hay un ser más culpable que yo -ni lo habrá- sobre la tierra. Y empiezo a pedir así:
Por las cosas que siento y por aquellas que odio sentir;
por mi mala cabeza;
porque mi calavera, ella, no dejará de reír;
por las lunas nuevas;
por las cosas revueltas que dan vueltas dentro de mí;
por seis años de penas
y por cosas que ni tan siquiera me atrevo a decir;
perdón por mis pies siempre fríos;
por la noche pasada, y por la otra, y por aquella también;
perdón por el Gran Sinsentido;
por querer comprenderlo y, sobretodo, por no comprender...
Perdón.

Y Dodó me observa, y yo le oigo rezar así:
-Perdón por existir-.

Y amablemente invito a un güisqui a Dodó, y él me cuenta que incluso los perros se ponen tristes después de eyacular. Después, salimos agarrados de La Sed Mortal, y es entonces cuando puedo jurar que no hay un ser más culpable que yo -ni lo habrá- sobre la tierra. Y
por dos mil años de cristiandad;
por tener la osadía de alimentarme y de respirar;
por los superdotados;
por el hombre tripudo y por la liberación sexual;
por el circo italiano;
por el viejo que agita una servilleta al hablar
y me jura y perjura que en ella
ha resuelto el misterio de la Santísima Trinidad;
perdón por la gente moderna;
porque corro el peligro de mirarme y perder la razón;
¡perdón, por el amor de Dios!;
por la gran decadencia de una vida pidiendo perdón;
perdón por los cuatro elementos;
por la tierra y el agua y el fuego y la polución;
perdón por todos mis lamentos;
por Dodó y, en fin, os pido por esta canción...
Perdón.

Y os miro a los labios, y a todos oigo pedir
perdón por existir.

© Limbo Starr